martes, 6 de noviembre de 2012

ZONA 699



La labor docente es un trabajo arduo, todo maestro que está comprometido en este gran oficio deja de pensar en si mismo para empezar a imaginar de qué manera puede ayudar y enriquecer el mundo con conocimientos, habilidades, actitudes, valores, no solo para la vida si no para una formación de individuos merecedores de una mejor calidad educativa, utilizando como herramienta principal la materia prima más importante que posee el mundo: el ser humano.


Si bien el quehacer docente esta colmado de múltiples experiencias que nos dejan grandes conocimientos, estás que fungen como herramientas en la construcción de nuestro pensamiento sirviendo para  la elaboración de estrategias  e implementación de actividades que dejen en los niños aprendizajes significativos. 
Donde cada elemento y en cada situación, alumno-maestro forman un vínculo más allá del aula, dejan de ser maestro y niño para pasar a ser compañeros de una etapa significativa de la vida.
Nuestra práctica en función como proceso de formación nos llevó a un lugar donde la vida se experimenta de diferente forma, un lugar lleno de color, de cultura, formas de pensar muy distintas a las vividas en experiencias anteriores; conocimos gente nueva, nos adentramos en un mundo donde la diversidad abunda de manera determinante, nos dimos cuenta que la vida tiene distintas caras: la más cercana y común en nuestra realidad, donde el niño es un ser vivo libre y feliz por el solo hecho de existir, donde las preocupaciones para él solo se basan en juegos, en asistir al jardín, en súper héroes, etc.


 La otra cara, la mas dura y cercana a su realidad, donde los pequeños deben caminar largos tramos para asistir a la escuela; en muchos de los casos deben adoptar responsabilidades que comúnmente son de los adultos, trabajar en el campo con sus padres debido a la difícil situación económica que presentan y que además, no les permite jugar únicamente el papel de niños, sino a temprana edad asumir un rol que no le corresponde. Aprendimos a valorar las cosas verdaderamente importantes de la existencia, a construir nuestro propio concepto de “vida”. Nos encontramos con un nuevo reto que implicaba crear tácticas y/o estrategias de comunicación con los niños; nos enfrentamos a un nueva lengua EL NÁHUATL, el cual se habla en algunas comunidades de la sierra de Zongolica, se nos presentaron distintas dificultades principalmente el no dominarla; algunas más pequeñas pero no menos importantes como la poca participación de los niños en las actividades, el poco hábito de trabajo que existía, entre otras cosas. Nos encontramos también con un aula llena de niños con educación de respeto mutuo, lo que en nuestros tiempos es muy difícil encontrar debido que no se da pero de igual forma; sin embargo logramos superar esos retos dados por la imponente sierra.


No nos arrepentimos de haber vivido esta experiencia, lo volveríamos a hacer, se trata de mirar la otra cara de la moneda, de asimilar las distintas realidades que se nos pueden presentar en cuanto a nuestro trabajo educativo. Distintas formas de vida, distintos contextos, distintas ideologías, un solo mundo, un solo lugar: 
la Sierra de Zongolica.






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